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La figura del mediadorx cultural y la precarización de una práctica feminizada

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    ESTO ES UNA CASA
  • 8 nov 2025
  • 4 min de lectura

Escrito por Fernanda Trejo.


La mediación cultural se ha consolidado en los últimos años como una de las prácticas más relevantes dentro de los espacios museísticos y artísticos. Su propósito va más allá de transmitir información, busca activar experiencias de sentido, generar vínculos y propiciar un diálogo crítico entre las instituciones culturales y los públicos. Sin embargo, detrás de este ejercicio pedagógico y creativo se esconde una realidad estructural que atraviesa al sector, y que desgraciadamente se ha generalizado cada vez más: la precarización laboral y la feminización de quienes la ejercen.



¿Quién es la persona mediadora?


En palabras de Lev Vygotsky (citada por Nayeli Zepeda), lx mediadorx cultural es quien ayuda al visitante a reconocer los elementos significativos de su entorno, dotando de sentido las experiencias culturales. Su labor consiste en filtrar, organizar y contextualizar estímulos que, de otro modo, llegarían de manera dispersa. En este proceso, el mediador no sólo transmite conocimiento, sino que facilita la construcción de significado al público. 


De acuerdo con Ricardo Rubiales, el mediador actúa como un facilitador que selecciona, relaciona y adapta los saberes previos con los nuevos, promoviendo la interpretación personal de los usuarios. A su vez, Nayeli Zepeda, en Menú para visitar museos, describe a esta figura como alguien capaz de generar espacios participativos y activos, con habilidades comunicativas, capacidad de trabajo colaborativo y disposición permanente al aprendizaje. Pues cada contenido, que establezca una relación entre la obra y el público, se debe adaptar a su tipo de público, para que estos estímulos lleguen a su receptor de la forma más directa posible. 


Beatriz Martins, miembro de la Asociación de Mediadoras Culturales de Madrid (AMECUM), ofrece una visión más crítica: la mediadora es una figura que se mueve en el conflicto, incluso lo provoca, porque su función es cuestionar las estructuras establecidas dentro de las instituciones culturales. AMECUM define la mediación como una práctica situada en un campo de saber compartido entre agentes sociales y culturales, en diálogo con los públicos. Además, la asociación utiliza deliberadamente el término en femenino para visibilizar la feminización y precarización de la profesión.


En este mismo sentido, Susana Galarreta señala que para que exista una mediación auténtica, las instituciones deben estar dispuestas a ceder parte de su poder simbólico. El mediador no es solo un intermediario, sino que tiene su propio discurso y posición crítica, capaz de detonar reflexiones colectivas. Así, el público deja de ser un mero receptor para convertirse en productor cultural activo que signifique su propio espacio a través de la experiencia.


Por su parte, María Acaso y autoras como Aida Sánchez de Serdio, coinciden en que, pese a su relevancia, la mediación continúa siendo una labor infravalorada, ya que en la jerarquía institucional, los departamentos educativos suelen ocupar los escalones más bajos y contar con menos recursos y poco personal, lo que refleja una desvalorización estructural hacia las tareas pedagógicas y de cuidado dentro del ámbito cultural.


Collage elaborado por María Fernanda Trejo con imágenes de autoría propia y recursos de Canva
Collage elaborado por María Fernanda Trejo con imágenes de autoría propia y recursos de Canva


La precarización del trabajo cultural


El académico Christian Iván Becerril Velasco, del Colegio de la Frontera Norte, define la precarización laboral como el deterioro progresivo de las condiciones de trabajo, caracterizado por la inseguridad y la vulnerabilidad derivadas de la falta de relaciones formales que protejan a las personas trabajadoras.


El contexto laboral de la mediación cultural refleja las tensiones propias del sector cultural contemporáneo. En México, el Estado ha promovido la creación de instituciones y programas culturales durante más de un siglo, pero esa inversión simbólica no se traduce en condiciones laborales estables. Los trabajadores culturales, tanto en el ámbito público como privado, enfrentan ingresos bajos, contratos temporales y ausencia de seguridad social.


En la práctica, cuando asistimos a un museo o centro cultural, quienes nos reciben, orientan y acompañan son, en su mayoría, mujeres mediadoras, también llamadas guías o anfitrionas. Son ellas quienes “crean condiciones para que las instituciones culturales puedan ser habitadas”, pero su labor suele ser invisibilizada. Sus sueldos son bajos, sus contratos inestables y, ante recortes presupuestales, son las primeras en ser despedidas.


Esta feminización del oficio no es un dato menor. De acuerdo con informes de AMECUM de 2017 y encuestas realizadas en Quito en 2020, alrededor del 65 % al 70 % de quienes trabajan en mediación cultural se identifican como mujeres, la mayoría con entre 9 y 12 años de experiencia. Sin embargo, siguen enfrentando falta de reconocimiento, salarios precarios y estructuras laborales excluyentes.


Casos como el del Museo Reina Sofía en España muestran cómo los procesos de subcontratación agravan esta precariedad. En 2019, 19 profesionales del área de mediación perdieron su empleo tras un cambio de empresa contratista. Este modelo externaliza una función esencial del museo —la mediación— y la equipara con servicios administrativos o de mantenimiento, priorizando la eficiencia económica sobre la continuidad de los proyectos culturales.



Collage elaborado por María Fernanda Trejo con imágenes de autoría propia y recursos de Canva
Collage elaborado por María Fernanda Trejo con imágenes de autoría propia y recursos de Canva


Una profesión feminizada y subvalorada


La precarización de la mediación cultural no solo responde a razones económicas, sino también a dinámicas de género y poder. Las labores vinculadas con la pedagogía, los cuidados o la atención al público —ámbitos tradicionalmente feminizados— suelen considerarse complementarias o secundarias dentro de las estructuras museísticas. Sin embargo —como se ha mencionado anteriormente— estas áreas son las que tienen contacto directo con el público que visita los museos, y su labor es clave para activar reflexiones significativas que inviten al público a volver a los recintos museísticos y a hacer suyo ese espacio. Esta mirada jerárquica contribuye a que la mediación sea vista como una extensión del trabajo de otros departamentos, y no como un campo profesional autónomo y especializado.


Aun así, las mediadoras culturales poseen una formación sólida en historia del arte, pedagogía y gestión cultural. Su práctica demanda creatividad, reflexión crítica y sensibilidad social. Reconocer su trabajo no solo implica mejorar sus condiciones materiales, sino también replantear la manera en que las instituciones entienden la cultura: como un espacio de participación, diálogo y construcción de derechos, no solo de acceso o consumo. “Sin mediación no hay política cultural real; sin mediadoras, no hay instituciones verdaderamente abiertas al público.” 


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Referencias


AMECUM (2016). Manifiesto de la Asociación de Mediadoras Culturales de Madrid. https://amecum.es 


Zepeda, N. (2015). Menú para visitar museos.


Public Cultural Institutions in Mexico and Precarisation of Creative Labour. UTS Repository


La precariedad de las mediadoras culturales. Periodismo Público EC. https://periodismopublicoec.com/2021/01/16/la-precariedad-de-las-mediadoras-culturales/ 


AMECUM (2017). Informe sobre la situación laboral de las mediadoras culturales. 


Becerril Velasco, C. (2023). Precarización laboral en México. El Colef



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